II. Costa Rica, Pura Vida! Un paseo por el Edén

Salimos el 11 de agosto para allá con la compañía Air Comet, sin escala, con destino al aeropuerto Juan Santamaría de San José (la capital). Cuando llegamos, a eso de las 15.30 del mediodía hora local (8 menos que aquí), estaba lloviendo. Esa sería, por cierto, la tónica general del viaje. Por la tarde, lluvia. Claro, para eso estábamos en época de lluvias y el verde que cubre todo el país no surge de la nada.

Al principio nos fastidiaba un poco tanto agua e incluso un par de días nos quedamos en el hotel descansando y jugando a las cartas, pero enseguida entendimos que la lluvia es una mera circunstancia con la que hay que convivir. Una buena capa de agua o chubasquero,.. y a correr. Es curioso, pero las nubes suelen respetar las mañanas y no llueve. Por eso es bueno madrugar para aprovechar ese tiempo de tregua. A las 5 o 5.30 ya era de día. Las tardes son más difíciles de aprovechar ya no sólo por el agua que cuando cae, cae con ganas, sino también porque a las 5,30 o las 6 es ya de noche.

Llegada y visita a San José, capital de Costa Rica.

Esa tarde y el día siguiente los pasamos en San José. Nos alojamos en un apartahotel llamado Colaye, situado en la zona de Savana Sur. No es gran cosa, la verdad. Los apartamentos o cabinas, como lo llaman los ticos (costarricenses), huelen un poco a tubería y las comidas dejan bastante que desear. No sé su precio, con esto de que me dieron todo eso hecho…

Creo, de todas formas, que tienen web, al igual que el resto de hoteles en los que nos alojamos. San José sólo merece una visita breve. No perdais tiempo allí, más que nada porque lo restaréis de otros sitios con mucho más encanto. Si vais, visitad el Mercado central donde venden un poco de todo. Es un sitio bastante auténtico, y sobre todo id a la cafetería del edificio correos y pedid un café Choco Viena….ummmhh… todavía me estoy relamiendo.

Los cuatro monumentos y parques que vienen en las guías no merecen mucha mención. Lo que a mí me llamó más la atención fueron los edificios y las calles. La mayoría formadas por casitas bajas (en parte por los frecuentes movimientos sísmicos) con tejado de chapa! (cuando hace calor te asas y con frío te hielas). También impresionan los semáforos, colgados en mitad de la calle en sitios inverosímiles… y los cables. Todo llenito! Los postes de la luz tienen que ser muuuy resistentes para aguantar todo ese amasijo de cobre y plástico.

Parismina y Tortuguero; playas y tortugas

Después de San José, nuestro siguiente destino iba a ser Tortuguero, pero por circunstancias que no viene a cuento relatar aquí, terminamos a unos kilómetros de este pueblo y del Parque Natural que lleva el mismo nombre: cerca de Parismina, en un apartahotel de cuyo nombre no quiero acordarme (de hecho no me acuerdo). En el camino desde el Valle Central, donde se sitúa San José rodeada de montañas verdes, fuimos viendo las plantaciones de banano, que junto con los cafetales y la piña creo que son los principales cultivos. Paramos en una planta de lavado y envasado de banano, de la multinacional Del Monte, situada en mitad de la nada.

Llegamos a este lugar de la costa del Caribe primero en autobús y luego cogiendo una lancha durante cuarto de hora. De hecho, el único modo de trasladarse a la civilización desde el hotel era en lancha. En el camino paramos en un bar de Guapiles donde había un mariposario y vi en vuelo a la impresionante Morphos, una enorme mariposa de alas azul eléctrico (sólo cuando están abiertas).

Esta zona del país es una de las más calurosas y húmedas de cuantas visitamos. Nos embadurnábamos por tanto de repelente antimosquitos, que mezclado con la crema solar. Había gente que llevaba todo tipo de dispositivos electrónicos, químicos o de cualquier otro tipo para librarse de estos molestos bichitos. Imprescindible, aunque nadie se libra de llevarse una ristra de picotazos.

La zona de Tortuguero se caracteriza por tener un sistema de canales artificiales que se construyeron para facilitar el transporte. En pequeñas barquichuelas (de unas quince personas) recorrimos varias veces esos canales, mientras el conductor – nuestro Capi Arnoldo (muy majo, como la mayoría de los ticos que encontramos)– nos decía dónde estaban los animales. Si no vas con alguien que te lo diga, puedes estar encima de un caimán, que seguro que no lo ves.

Por cierto, uno de los días vimos uno descansando sobre un tronco a dos metros de distancia. Pero yo creo que lo que más impresiona son los monos aulladores. No verlos, sino oir ese sonido salvaje y grave que emiten desde las copas de los enormes árboles. Os recomiendo que vayáis, si se puede, al atardecer, que es cuando unas pequeñas flores amarillas llamadas Ylang Ylang impregnan todo con su delicioso perfume. Es uno de los ingredientes de Chanel nº 5, según nos dijeron.

Viendo cómo desovan las tortugas o cómo ponen huevos las tortugas

Una de las noches que pasamos en Parismina salimos a ver a una tortuga desovando. Y encontramos una tortuga verde (metro y medio y 90 kg!!!!) que nos explicaron son más comunes y también más pequeñas que las tortugas Baula (más de 3 metros y hasta 500 kg!!). De todas formas era un bicho impresionante! Me pareció enorme! Pero antes de encontrarla estuvimos andando un buen rato por la playa caribeña con un par de guías haciendo poco ruido y sin linternas ni cámaras fotográficas. Sólo ellos llevan una luz roja que para las tortugas pasa prácticamente desapercibidas. Otra cosa que nos advirtieron es que los susurros se oyen más que los gritos porque el oído de estos animales capta mejor los tonos bajos.

Los guías iban un poco adelantados y cuando vieron a una que salía del agua nos mandaron parar a cierta distancia y esperar unos cuarenta minutos sentados en el suelo. Si la tortuga intuye algo raro, se vuelve al agua y no vuelve a desovar hasta pasados unos cuantos días. Por eso dejamos al animal excavar en la tierra con sus aletas para hacer el nido (80 cm!).

Al rato nos acercamos cuando ya estaba poniendo, que ya no se va. Es un espectáculo digno de ver: un animal prehistórico poniendo huevos que parecen pelotas de golf y van cayendo mientras se la puede ver por la respiración y el movimiento que está haciendo un esfuerzo descomunal para generar nuevas vidas. De cada cien huevos, sólo uno llegará a ser una tortuga adulta. Por eso son animales en peligro y protegidos. Esperando otra hora (hasta que tapó los huevos con arena) pudimos verla irse hacia el mar haciendo también un esfuerzo titánico. Nos comentaron los guías que para ver tortugas es mejor Parismina que Tortuguero, porque las playas de éste último están masificadas de turistas ávidos de este espectáculos.

En Parismina existe un proyecto de protección de tortugas y en la tarde del día siguiente estuvimos viendo un vivero donde vigilan y controlan los huevos hasta que las tortuguillas recien nacidas alcanzan el mar.
También estuvimos en un bar de este típico pueblo caribeño lleno de vegetación y casitas de colores por la noche tomando un ron Legendario y echando unos bailes salseros. Fue el día 14 de agosto, el 15 es Día de la madre en Costa Rica.

El siguiente destino fue el Hotel Suerre (en Punta) que está muy chulo, cerca de Puerto Viejo, típico pueblo caribeño en el que se estableció una gran colonia jamaicana. El hotel, muy chulo, y justo detrás, la playa. Nos bañamos algún día de noche. El agua del Caribe es calentísima, aunque es un mar más bravo por estos lugares de lo que presentan las postales.

Visita al Parque Nacional Cahuita

El 16 de agosto nos trasladamos hasta el P.N. Cahuita. Subimos a un barquichuelo con dos guías y estuvimos haciendo snorkeling en los arrecifes de coral. No lo había hecho nunca y lo que más me impresionó, más que los corales, que son de colores apagadillos, fueron los peces de todo tamaño y colores. También vimos un tiburón de una especie no mordedora, claro. Luego paramos en una playa preciosa y estuvimos dando un paseo por la jungla con dos guías locales. Dos chavalitos que daba gusto oirles (a uno también verle  jeje). Eran como un libro abierto y nos estuvieron explicando muchísimas cosas sobre las plantas que nos íbamos encontrando, sus propiedades medicinales, y sobre los animales. Vimos un basilisco, una serpiente amarilla pequeñita arborícola que está entre las diez más venenosas del mundo, perezosos (no sé si de dos o tres dedos)…

Una noche de fiesta en Puerto Viejo

Por la noche nos acercamos en taxi a Puerto Viejo. Muy barato, por cierto. Para que os hagáis una idea, éramos creo que cuatro en el vehículo, recorrimos unos veinte km. Y pagamos cada uno dos dólares o algo así. Puerto viejo, por cierto, tiene un encanto especial. Sólo lo vimos de noche y tiene una marcha muy muy recomendable con un montón de terracitas, de músicos que tocan en directo (reagge básicamente) en todos los baretos, la playa caribeña al lado, mulatos de rastas,… para volverse loca! Por cierto, volvimos a las tres de la mañana al hotel y ya no había taxis, pero sí hay mucha gente dispuesta a llevarte. Es decir, taxis piratas.

Puerto Limón, donde paramos una hora, sólo de paso y de día, parece también una ciudad con mucha vida.

Visita al Parque Nacional del Volcán Arenal.

El día 17 nos trasladamos al P.N. Volcán Arenal, al Hotel Lavas Tacotal, muy bueno también este hotel y con unas vistas espectaculares al volcán. Aprovechad a hacer fotos cuando no esté cubierto de nubes (suele estarlo a menudo). No os perdáis un espectáculo único, que es ver a este gigante que aún está en activo, tirando lava de noche. Nosotros, gracias a una de las chicas que venía en el viaje, mi amiga Ana, que es geóloga, fuimos a ver por la otra vertiente al volcán en erupción (pequeña, por suerte). Se veía correr el hilillo naranja por la ladera.

Al día siguiente dimos una pateada por el P.N., aunque lógicamente hay cierta zona a la que no dejan aproximarse. Llegamos hasta un cerro desde el hay unas vistas muy buenas a la laguna Arenal. Hubo gente que se acercó un poco más al volcán y en silencio decía que se oía como sonaba la lava cayendo.

Visita a Peñas Blancas y La Fortuna.

Otro día hicimos un tour en lancha por el río Peñas Blancas, pero no vimos ningún animal que no hubiésemos visto ya. Lo bueno llegó por la tarde, que fuimos a la cascada de La Fortuna, que es un salto de agua de 65 metros. Precioso. No sé si la entrada eran unos cinco euros que, por supuesto, merece la pena. Además, te puedes bañar, aunque las piedras y la fuerza del agua por la proximidad del chorro hacen que para animales de tierra adentro como yo sea complicado mantenerse nadando dentro mucho tiempo sin cansarte y dar unos cuantos tragones. El pueblo de La Fortuna, el más cercano al volcán, muy turístico, por cierto.

Allí íbamos a reservar para unos baños termales cercanos, pero el pavo al que íbamos a comprar nos convenció para pagar 10 dólares (en lugar de 20 que cuestan las termas de Baldi) e ir a un río termal. Nos llevó a una zona natural que al principio daba un poco de yuyu porque lo primero que se veía era un puente elevado de carretera, pero estaba genial. El río estaba a 40 grados centígrados y tenía una poza donde se estaba muy agustito. Hubo un momento increíble en el que estábamos allí unos cuantos sumergidos en ese caldo y salíamos fuera a que nos refrescara la lluvia. Además se veían relucir las luciérnagas en la oscuridad. Los medios eran muy precarios: unas cuantas linternas poco potentes, unas capas de agua encima de las mochilas para que no se mojasen,… pero nos encantó el sitio.

El señor que nos vendió la moto se quedó con nosotros todo el rato y se ocupó del transporte. Era muy simpático, como casi todos los ticos. A la vuelta a la furgo vimos los gusanos de fuego. Unos bichitos alucinantes. Tienen la cabeza iluminada cuan Gusiluz pero cuando los tocas se iluminan enteros como por arte de magia! Tanto nos gustaron que nos llevamos un par de ellos para grabarlos y enseñárselos al resto del grupo.

Visita a Santa Elena y a los bosques nubosos de Monteverde.

De allí pusimos rumbo a los bosques nubosos de Monteverde, en concreto al pueblo de Santa Elena. El paisaje de camino, tan verde y montañoso o más que los Alpes suizos. Eso sí, el camino, de cabras. Nos alojábamos en el hotel Poco a Poco del pueblo de Santa Elena. No estaba mal. Ni se os ocurra mojar o lavar nada allí, que no se seca ni para atrás.

En este pueblo hay ranario, serpentario y mariposario pero no llegué a entrar en ninguno de los tres, aunque me han dicho que el primero está muy bien. Lo que hicimos fue una ruta nocturna por una reserva privada. Pudimos ver pizotes (de la familia de los mapaches), zorros grises, insectos de todo tipo, un enorme hormiguero que era un cerro y plantas como el ficus estrangulador. Merece la pena escuchar la explicación de cómo es su ciclo vital. Todo con guías expertos, claro.

Al día siguiente hicimos el canopy tour con la empresa 100% Aventura. Me encantó. Por la mañana, fueron los puentes colgantes, que comunican las copas de los árboles. No está mal, pero lo bueno llego después con las tirolinas. Había dos al final del recorrido de casi un km por encima de todo el bosque. Imaginaos qué vistas! También tienen un elemento que es el columpio de Tarzán, similar al puenting. Muy emocionante la caída, aunque hubo gente que no se tiró. Puedes elegir, por supuesto. El recorrido de ambas cosas dura varias horas. Muy recomendable.

La tarde de aquel día también fue genial. Fuimos unos cuantos a montar a caballo con la empresa El Rodeo (28 dólares). Los caballos, muy mansos, incluso demasiado, diría yo. Nos metieron por todo el bosque por unos caminos pedregosos o embarrados en los que los pobres caballos se metían hasta las rodillas en los charcos. Cuando salíamos a un claro la vista te quitaba la respiración. Nos llovió y los dos guías que llevábamos nos dieron capas de agua. También estuvo genial este imprevisto. Llegamos mojados pero felices al hotel. Luego en Santa Elena nos tomamos unas birras en el bar El Arbol (la copa de uno ocupa parte de la segunda planta). Ah! No estorba el polar aquí.

Visita al Parque Nacional Manuel Antonio

De ahí, fuimos a la costa del Pacífico, a Quepos, al lado del P.N. Manuel Antonio. Al hotel Rancho Casa Grande, donde nos dieron un apartamento impresionante. Tanto que todos los del grupo venían a visitar aquel palacete.

De camino, cerca de Jaco, paramos a ver cocodrilos reposando tranquilamente al lado de un río. Peazo animalitos! En Quepos volvió el calor húmedo y sofocante. Todo el día sudando. Por la noche salimos a Quepos. Nos lo pasamos genial porque éramos un grupo que llevábamos la juerga puesta, pero el ambiente no es ni de lejos como el de Puerto Viejo y nos advirtieron de que era una ciudad peligrosa.

El P.N. Manuel Antonio tiene unas playas preciosas, mucho más bonitas que las que vimos en el Caribe, con la vegetación llegando hasta el agua casi. Hay senderos marcados y vimos recorriéndolos mapaches, monos de cara blanca y perezosos, entre otros. Por cierto, aves hemos visto muy pocas a lo largo de todo el viaje. Colibríes y zopilotes (un ave carroñera autóctona) sí, pero tucanes o guacamayos no.

Regreso a San José  y a España

Ya de vuelta a San José paramos en el pueblo de Sarchi en una cooperativa enorme para comprar regalos, pero no era demasiado barata.

Y el 25 de agosto, antes de coger el avión por la tarde (con retraso, por cierto) aprovechamos por la mañana para ir a ver el crater del volcán Poas, que tengo entendido que es el más grande del mundo. Merece la pena el espéctaculo. Desde un mirador se ve a unos metros, ese hueco en la roca, con una laguna de ácido (PH +0,5) en medio, rocas de varios colores rodeándolo, las fumarolas saliendo,… “que no se ponga tonto,…”, decía yo para mí.
Lo siguiente fueron las doce horas de viaje a España y la vuelta al día a día…


Soy consciente de que resumir quince días tan intensos en unos cuantos párrafos es misión imposible y además he obviado quizá lo más importante del viaje: la gente estupenda con la que he compartido risas, partidas de pocha, cánticos en el autobús de Wally, baños nocturnos e incluso algún marrón que otro. Puedo asegurar que cada uno de ellos merecería un capítulo aparte

😛

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